Cuando era chica mi mamá me llevaba a jugar siempre a las maquinitas. Siempre fui de enojarme fácil, como ahora. Cuando jugaba un jueguito y no me salía lo que quería hacer me enojaba mucho. Si no podía pasar de nivel o derrotar al malvado me enfurecía. Si no podía ganar le pegaba a la máquina, la sacudía casi hasta romperla. Y si perdía golpeaba, sacudía y le pegaba a la maquina hasta que se tildaba. Odiaba que se me termine el juego. Repito, siempre me enfureció el fin del juego, que se me acaben las vidas o que se tilde la maquina.
Yo sé que la vida es una rueda, que todas esas personas que un día me hicieron mal a mi, ellas un día van a estar mal por mi. De todos modos odio saber que la rueda va a seguir girando sin mí. El problema no es lo que se viene sino saber lo que se viene, eso siempre me dio bronca y tristeza a la vez. Hay dolores con los que no se puede vivir, dolores que te paralizan, que te bloquean, que te tildan. Por eso elijo vivir con la mente en blanco, sin pasado, sin futuro, paralizada en un presente sin memoria, dormida con los ojos abiertos, tildada.